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by • February 13, 2014 • RelatoComments (0)472

Adobes

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Paredes de Adobe  

La casa de Timotea tenía por delante el parque  detrás el cementerio la pared que la separaba de la calle era alta decenas de ramas verdes de acacias inmortales   sobresalían frondosas  detrás del muro, su jardín lleno de plantitas de menta brillaban con los rayos del sol  , caminar desde el portón de entrada hacia el porche embriagaba, los aromas se colaban continuos  por las ternillas a cada paso, el piso del corredor principal encandilaba los ojitos infantiles de Bonifacio que transido contemplaba las mayólicas azules. Las imágenes de la casa de su tía  abuela Timotea le venían a la mente cuando Bonifacio  por las mañanas en su atelier de diseño  bebía infusión de menta , se quedaba colgado del cielo, en las nubes, divagaba por alguna dimensión desconocida  a sus retinas obscuras ya tristes se las veía aún más tristes; detrás de la valla de adobe coronadas por pencos secos  al final del huerto de Timotea  se alzaban tres espantapájaros con caras enjutas  veían al cementerio que por orden de su madre: Doña Eulalia le estaba proscrito al pequeño  Boni- en tono solemne Eulalia balbuceaba  que dentro del  campo santo no hay fantasmas si malos humores.

Timotea tenía la piel arrugada, seca, sus ojos pequeños parecían estar dormidos, se apoyaba sobre  un bastón negro de aliso cuya empuñadura de plata era un lobo de dos cabezas, su voz carrasposa y aguda infundían miedo al pequeño Bonifacio que al recorrer los entresijos de la casona de la mano de su madre escuchaba espantado como el entablado crujía por debajo de sus zapatos, el atronador timbre del móvil devolvieron a Bonifacio a la realidad hubo de contestar la llamada a su cliente más importante que demandaba los planos del nuevo proyecto ir de visita a la casa de Timotea desde la capital tomaba al menos ocho horas, tres de las cuales los coches debían transitar sobre un recio empedrado, sobre una angosta y sinuosa carretera cuyo nombre a Bonifacio espantaba: Duendes flanqueada a un lado con una extensa montaña que parecía venirse encima  y al otro lado con  un precipicio que daba vértigo , se hendía en las estribaciones más profundas de la cordillera. No se preocupe los planos están listos si le parece nos reunimos en el terreno el jueves para charlar al respecto espetó Bonifacio a su cliente mientras apuraba otro sorbo de menta y regresaba al pasado para hurgar dentro de sus recuerdos en busca de su infancia.

La abuela de Bonifacio doña Peregrina  anciana dulce y sabia como salida de un cuento  hermana de Timotea promovía los periplos desde la capital para visitarla,  siempre contaba  con el apoyo de su hija Eulalia y su yerno  Evelio. Los Zarasti  tenían un coche todo terreno dentro del cual cabía la familia para comer kilómetros de polvo, malas carreteras  y   arribar  al fin a : Villa de Mentas, sobre el capó  del Jeep Evelio colocaba maletas de cuero repujado  llenas de ropa y regalos otras iban vacías para traer cosas de vuelta compradas en Colombia . Bonifacio había terminado su hervido de menta  inspirado con su lápiz trazaba líneas sobre un plano del cual surgía la fachada de un edificio  futurista, las campanas del Ángelus de la Basílica repicaban aleves  una vez más Bonifacio- retro extrapolándose- volvía a su pasado, quería recoger sus pasos por ese caserón lóbrego, lleno de fotos de muertos con listones negros raidos por el tiempo. Evelio hablaba con Timotea la provecta tía abuela de Boni  que le decía:- La pared medianera del cementerio esta ruinosa podría desplomarse con el llanto más leve de un alma bendita a los oídos párvulos de Boni manaron los sollozos de los muertos quedó petrificado y pálido como un epitafio de mármol,  más aun cuando por instinto debió seguir a Evelio su padre campo a través  por la huerta umbría hacia la tapia ruinosa. Evelio jaloneo un alambre que salía lánguido  de los adobes centenarios  la pared se vino al suelo cubriendo a Boni de pies a cabeza, quedaba así enterrado en vida cuando empezaba a vivir. Bonifacio tomó un sorbo más de infusión y siguió diseñando casas de adobe mientras de forma inútil intentaba diluir de su memoria el cementerio de Timotea.

El rayo de luz  intensa de una linternita médica apuntaba inequívoco  a las retinas de Bonifacio  estas se expandían y retraían, que susto nos diste  espetó  Timotea gimoteando con un rosario de piedras preciosas  en las manos, la radiografía del pie es normal dijo la doctora la palidez de los rostros de Eulalia y Evelio se despejaban volviéndoles el color al rostro. Bonifacio se detuvo en la Pizzería para llevar comida a casa y continuar con  sus diseños la blancura de los planos le recordaba la absurda blancura del hospital donde lo condujeron luego de que la pared se le vino encima; Boni en su dormitorio  contó  la historia  del cementerio de Timotea  a sus  juguetes en voz bajita para no despertar a sus padres que habían llegado cansados del viaje. Evelio tenía pacientes al día siguiente era psicólogo su nariz de punta romana infinitamente prolongada reposaba sobre un bigote espeso que se confundía con los pelos que le brotaban de los huecos de la nariz,  su quijada  estaba cubierta de una barba aterciopelada que le daban aire de hombre estudioso la psicología lo había vuelto de alguna forma neurótico, todo lo reducía a sus interpretaciones psicológicas, desde la forma como se paraban las personas a la mueca que afloraba en los bostezos de la gente las analizaba  . Bonifacito al día siguiente de regreso a Quito no pudo caminar Evelio prorrumpió: es una distonía post traumática ya caminará  Eulalia tranquila mujer   así mismo son estas cosas concluyó poniendo tonito de sicólogo  sábelo todo; los días pasaron, uno tras de de otro y Bonifacio no caminaba, los músculos  de sus huesos comenzaron  a flaquearse, se iban secando, la inapetencia  secuestró la cara del niño quedando de su angelical figura solo sus ojos grandes. Evelio consagró horas de horas a estudiar los shocks post traumáticos para aplicar la mejor terapia psicológica a su hijo, le convenció aquella que decía relación a superar los miedos –enfrentándolos de frente-  por ello obligaba al pequeñito a caminar inclusive gritándole tiernamente . Bonifacio más de una vez se desplomó como se le desplomó la pared de adobe encima suyo, su padre comentaba con Eulalia: la radiografía salió normal él Boni esta traumado seguiré estudiando su caso prorrumpía con una ciega sinceridad que a su esposa  abrumaba.

Bonifacio al dibujar la fachada de una casa de adobe  en el plano que se hallaba sobre su mesa de trabajo se decía en su interior: he pasado carros y carretas, divorcios , mal de amores y aun sigo de pie sin embargo que la pared del cementerio de niño se me vino encima, cansado de tanto recordar y  trabajar se recogió a su biblioteca particular y al azar tomó un libro cualquiera de los que había heredado en vida de  de su padre; cuyo destino fue terminar en un psiquiátrico donde había hecho sus prácticas cuando era  estudiante, la broma que repetía Evelio que la locura es contagiosa y se pega  en su caso resulto auto providencial , el libro era un tratado de Radiografía antiguo dedicado por el autor a su padre. El epígrafe dedicatorio decía así:

“Para Evelio Zarasti esperando que este libro le ayude a tener más claros las técnicas radiológicas  F. Dr. Ulpiano de la Torre Quito 1973”

El Dr. Ulpiano visitaba con cierta asiduidad la casa de los Zarasti Evelio había tratado con éxito a  su hijo de alcoholismo, el provecto y prestigiado  radiólogo se dejaba estar horas enfrascándose en conversaciones Freudianas y Jungianas, siempre vestía de traje sin embargo de sus ochenta y cinco años  se lo veía firme y adusto, su cabeza era canosa sus manos no temblaban, su voz era grave y certera- Evelio aprovechando una de sus encuentros, hubo de referirle lo que había pasado con el pequeño Bonifacio. Ulpiano frunció el ceño revelando un meloso enfado que florecía en sus sienes platinadas, luego digo déjame ver al niño. Los recuerdos  que el Arquitecto  Bonifacio Zarasti  tenía de Ulpiano le reconfortaban el médico de la Torre  auscultó los huesecillos de la pierna del chiquito su rostro se transfiguró y de su boca salieron  estas palabras: “Hay que llevarlo al Hospital”  Bonifacio hojeaba el tratado de radiología a un tiempo que evocaba en su memoria las imágenes del Dr. de la Torre que al llegar al laboratorio   extrajo radiografías no solo del pie sino de todos los huesos escuálidos de la pierna, los resultados no demoraron como suele ocurrir, la tibia de Bonifacio estaba fracturada, una resequedad abstrusa abrazo la boca de Bonifacio quien no pudo continuar leyendo el tratado de radiología del Dr. Ulpiano de la Torre .

Bonifacio siempre  duerme lejos de las paredes de su habitación en el centro de sus recuerdos enfrentando aun sus fantasmas de frente.

Pablo Guerrero Martínez.

Praga-14 de Febrero 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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