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by • March 12, 2014 • RelatoComments (0)603

La Confesión del Espabilado

El cadáver de la nonagenaria  se hallaba dentro del ataúd   no adoptaba  aún   la tenebrosa rigidez  de la muerte, su rostro desvaído y apacible se fundían con el dolor de sus hijos que transidos contemplaban el cuerpo inerte de su madre, la solemnidad contrita inundaba la sala de velaciones, un olor a rosas pungente se colaba aleve por las ternillas de los deudos, el humo blanquecino de los cirios desgarraba la atmosfera haciéndola jirones, el deceso de la anciana estuvo anunciado por los médicos con antelación  , nada  de anormal existe en el deceso de un anciano nada se decía para sí el espabilado cuando las imágenes luctuosas de la muerte de su abuela le asaltaron muchos años después al ver el cadáver de Eduardo su amigo .

 Eduardo  yacía sin vida  sobre una lámina de metal: fría y absurda que zahería los sentidos del Espabilado, los rayos del alba pasaban tímidos por los entresijos de las puertas del tanatorio, Eduardo había dejado de existir con  veinte años a cuestas, la última ocasión que Espabilado lo vio  fue tres días antes que le rajaran el cráneo con un bate de béisbol, murió en  riña, en el patio de una discoteca cutre que hizo época   en los ochenta.
 El forense  un hombre provecto terriblemente flaco cuyos huesos angulosos reflejaban sombras monstruosas en las paredes de la morgue, preguntó con  voz seca y carrasposa ¿Reconocen el cadáver? Con sus dedos amarillentos de fumador crónico el muertólogo  tomó el rostro, lívido del finado, lo giró, su frente se hendía en lo absurdo, la inexistencia, dos hilitos de sangre chorreaban sobre su barba ¿Lo reconocen o no? Insistió el legista con prisa, Espabilado espetó si  es Eduardo García sus padres  están en camino.
La muerte ese deshacerse de la carne es un miembro más de todas las familias y habita invisible entre nosotros  prorrumpía el cura dulcificando la partida de Eduardo, el clérigo exaltaba sus virtudes  la homilía del juicio final  lejos de ser  bálsamo para aliviar la pesadumbre de los presente  era  ciencia ficción. Los amigos de Eduardo no querían venganza solo justicia, tenían pistas del criminal a saber: Mayor de edad aproximadamente cuarenta  años, estatura  metro ochenta, trigueño, nariz ancha y porosa, pelo café oscuro  cerdoso y recio, la noche del crimen vestía vaqueros  desteñidos, botas de construcción y según refería: Pedrito el portero del bailadero el asesino  respondía a los nombres de: Julio Cesar Garrido, alias Caporal , con domicilio en la parroquia del Tablón aledaña a las goteras de la ciudad de Quito.
El Espabilado antes que el forense introdujera con sus manos macilentas  la bandeja del occiso en las neveras de la morgue, meditaba cuan distintas eran las muertes de los jóvenes con las muertes de los  viejos; vio  a sus  doce años: tempranos, inocentes e ingenuos  la agonía de su abuelo Tarquino a quien por orden de su padre debió  cuidar las últimas tres semanas de vida, sin embargo que el carcamal tenía una legión de enfermeras para esos menesteres, debía formar el carácter decía su padre quien lo educó  en la reciedumbre de estrictos cánones espartanos, el rostro de los viejos al morir es reposado meditaba el Espabilado mientras que el rictus cadavérico de los  mancebos está inquieto y moroso con la efímera existencia.
El Espabilado quería ser arqueólogo no para desenterrar momias sino para encontrar tesoros sin embargo por azares del destino se encontró con la muerte inesperada de su joven amigo-Eduardo- que hubo de trocarlo en el denunciante de su crimen, era de verlo, azorado y compungido dictando la relación de los hechos en la Tenencia Política, se tragaba las lagrimas que laceraban su alma a cada oración que espetaba ante la autoridad, sin embargo sacando fuerza de ánimo logró terminar la denuncia, pese a sus dieciocho años lo hizo,  el apoyo del Sargento Ruiz   le fue de gran ayuda, el policía tecleaba la vieja máquina de escribir, con unción, las vocales y consonantes resoplaban, siseaban a los golpecitos que hacia el sargento con sus dedos gruesos y exornados de anillos de oro , barrocos y criollos.
Julio Cesar alias el Caporal tenía en sus manos el taco de billar, no sabía que había dado muerte a Eduardo, continuaba con su vida normal, hasta que salió del salón y fue aprehendido por los agentes del orden, los testigos lo reconocieron, en su casa fue encontrado el bate de béisbol, impregnados  aun con los pelos y  maculas sanguinolentas de Eduardo. Julio Cesar reconoció haber propinado  golpes inequívocos al cráneo del amigo del Espabilado, la razón de la furia su propio carácter,  fue preso, luego escapó de prisión.
El Espabilado al fin había terminado el Bachillerato en el Colegio Marcel Proust, luego de ver las muertes de varios de sus amigos decidió no perder tiempo y estudiar, optó por el sacerdocio, se consagró a la  vida espiritual, austera, una vez recibido como cura y haber besado el piso, tendido sobre el entablado  de la catedral, a los pies del Arzobispo con sus brazos abiertos en forma de cruz, fue autorizado a confesar  feligreses, su primera misión lo llevó a lo profundo de la selva amazónica, exuberante, tórrida vitalmente monótona , en  las postrimerías de los noventa del siglo pasado  escuchó la confesión de un hombre agonizante, que había sido corpulento, su cabellera se la veía grisácea , tuerto,  le faltaba el ojo derecho, su nariz se hallaba horadada por decenas de huequitos , con voz exultante  le dijo : “ Confiésome Padre de haber dado muerte con mis propias manos “  la imagen de la persona que asesine me visita con frecuencia, balbuceaba a un tiempo que expectoraba escupía pus de su boca, el Espabilado Padre Juan, escuchaba al moribundo mientras sus luengas barbas  se espeluznaban sobre el hábito obscuro que tapaban su alza cuello blanco, el falleciente prosiguió, Padre con un bate de béisbol destape los sesos de un hombre hace muchos años en la parroquia del Tablón, absuélvame Padre por favor no quiero ir al infierno- El espabilado lo miró  al ojo izquierdo , luego proclamó: te absuelvo iras directo al infierno.
Pablo Guerrero Martínez
Praga-12 de marzo-2014
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