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by • April 23, 2014 • RelatoComments (0)674

El Taxi Epiléptico (Mi Doctor)

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El Taxi Epiléptico (Mi Doctor)
El salón del sindicato de taxistas se llenó de humo, ese vapor a tabaco denso y abrasivo que no deja respirar. La sesión estaba por empezar. Un comedido abrió las ventanas de par en par. El tufo salió pausado sin apuro, luego se marchó como remolino a un tiempo que, junto con los rayos del sol entró una ráfaga de viento fresca que despeinó la melena de Juan. El Secretario General del gremio convocó a los choferes para tratar temas importantes: tarifas, fondos de jubilación, renovación de taxímetros.
En el interior de la cabeza de Juan, el taxista, solo aparecía el rostro infantil de su hijo, quien a dos meses de nacido comenzó a convulsionar. Su abuela atribuía los estremecimientos al demonio: “Eso pasa por no bautizarlo pronto” repetía la anciana, cuya voz carrasposa y flemática sonaba chillona a los oídos de sus padres.
“Diego tiene más acentuados los rasgos paternos”- dijo el sacerdote dentro del templo colonial. Luego dejó caer el agua turbiamente bendita y fría sobre su cabeza.: “Te bautizó” Espetó el clérigo. Los ojos negros de la criatura se trocaron hacia arriba, luminiscentes, de su boca pequeña manó litros de espuma blanca, se mordía sus labios tiernos. La abuela no dejaba de santiguarse mientras prorrumpía que el niño era hijo del pecado. Juan llamó con su móvil a la ambulancia, le temblaba la mano. El infante fue conducido de emergencia al hospital. Las sirenas ululaban haciendo dúo con los rezos apocalípticos de la abuela que tomaba el rosario entre sus dedos enarcando sus ojos al cielo.
El neurólogo después de la crisis habló con Juan. Comentó que en sus años de especialista no había visto una epilepsia tan agresiva. Luego entregó una receta cuyo tamaño era como una biblia: obesa, ininteligible, sagrada y redentora. Juan quedó atribulado. Sin tiempo que perder fue a la farmacia estaba transido y taciturno. Entregó la prescripción. La dependiente de la droguería confirmó la existencia de las medicinas. La cuenta salió astronómica.
Juan dijo a la chica de la botica que regresaría con el dinero. Fue al banco a paso de vencedor y vencido. Se lamentaba en el trayecto no haber terminado su carrera de arquitecto. Comenzó a maldecirse mientras se preguntaba qué haría en el futuro para conseguir los medicamentos. Repicaron las campanas de la iglesia mayor. Volvió en sí. Se dijo: “Por mi hijo todo, estoy dispuesto a todo.” Después meditó: “Todo es demasiado”- le estremeció el todo. Al final dijo: “Bueno, casi todo.”
Juan consiguió que la cooperativa de taxistas le presté dinero para comprar las drogas contra el mal de su hijo. La cuenta en cinco años se volvió enorme, impagable pese a que nuestro joven chofer trabajaba incluso por la madrugada no llegaba a fin de mes. El viejo motor del Dacia de Juan quemaba aceite, roncaba, no tenía fuerza para subir por las calles. Cada reparación del coche suponía menos dinero y mas convulsiones .El auto estaba desahuciado tenía enfisema en el cigüeñal. Los repuestos del Dacia eran exóticos no habían en el mercado salvo pedido al distribuidor que se demoraba al menos seis meses en obtener que los repuestos lleguen de la vieja Europa.
Juan viajó a la capital estaba dispuesto a todo. La peor idea llegó a su mente. Robar un coche de la misma marca y modelo para sacar el motor y colocarlo después en su viejo Dacia. Se decía a sí mismo: “Por mi hijo todo, estoy dispuesto a todo” luego reflexionaba: “Todo es demasiado, bueno casi todo”
Juan además se dijo: “Debo robar el coche a un taxista en Quito así podré estar en tres horas en mi ciudad, si me detiene un policía para mala suerte exhibo mi credencial de taxista, la matricula de mi viejo Dacia y asunto arreglado, así el chapita pensará que conduzco mi propio carro” Por añadidura pensó: “ Le cambio las placas al carro robado , después llevo el coche hurtado a la mecánica del Maestro Saldaña que está al tanto de todo, en una semana a trabajar de nuevo y Dieguito con sus pastillas”.
Juan viajó por tres semanas consecutivas a la capital para ubicar un coche de las mismas características que el suyo, por adición amarillo y que lo conduzca un taxista. Los esfuerzos fueron vanos empero como si una mano providencial conociera sus planes en su último periplo e intento de regreso a casa identificó un Dacia amarillo igual al suyo. Lo detuvo al ingresar al vehículo tomó asiento en la parte posterior después espetó a su colega taxista: “¿Cuánto me cobra hasta mas allacito de Cuatis? El taxista un viejo recio y robusto contestó: “está un poquito lejos setenta dólares le cuesta”
Juan fue callado en el viaje le sudaban las manos copiosamente, su corazón latía agitado se le salía por la boca. A llegar a Cuatis Juan dijo al carcamal: “Por favor tome ese camino de tierra” el conductor como intuyendo dijo: “No señor aquí le dejo si quiere” Juan sacó la pistolita de plástico de juguete de Diego y apuntó al viejo taxista éste a su vez sacó un revólver de verdad. Juan y el viejo forcejearon salió un disparo atronador y borbotones de sangre brotaron del rosto desfigurado del mayor cuya mirada se fundía con la muerte.
Las maculas de sangre se impregnaron en el jersey de Juan los nervios hicieron presa de él. Tomo el cadáver del viejo taxista y lo arrojó a la vera del camino. El crimen fue visto por dos campesinos que dieron aviso a la policía. A pocos kilómetros los gendarmes detuvieron a Juan.
Mi doctor se hizo cargo del caso. La tesis de defensa fue exponer la verdad, sin maquillajes. Juan no quiso matar quería robar. Los hijos del finado me dejaron aún más perplejo quienes al escuchar la declaración de Juan desistieron de su acusación. A colmo de noblezas regalaron el Dacia a Juan para que Dieguito no quede indefenso.
Dr. Pablo Guerrero Martínez.
Praga 23 de abril-2014
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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