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hacha

by • October 4, 2014 • RelatoComments (0)1126

El Indultista

verdugohacha
El filo del hacha brilló luminoso con los rayos del sol. En la fría y acerada hoja del arma se reflejó la máscara del verdugo, la angustia del reo se difuminó en fractales. El sudor del condenado inundó la atmosfera de miedo con un olorcito a orinas y ajo. Morbosamente el populacho miró los movimientos del ejecutor.
 
El sayón un tipo grandulón entrado en carnes y grasas tomó con su mano el cabo rugoso del hacha. Levantándolo por sobre su cabeza. Respiró hondo y tragó una bocanada de aire turbio por su boca, luego eructó crueldad. Después sobrevino un golpe seco sobre la nuca del sentenciado. Su cráneo aún con vida rodó sobre las tablas ladeándose a un costado del patíbulo. Sangre a chorros salían de su cuerpo decapitado. La chusma desenfrenada aplaudía.
 
El pregonero del Indultista, un hombrecito de rostro verdoso dijo con voz crujiente y cascada: Esto no es necesario si los condenados piden perdón de rodillas al Soberano. La rechifla del vulgo no se hizo esperar. Quería ver sangre. Gozar del macabro espectáculo.
Las autoridades de Raficópolis: Burgomaestre-Arzobispo- Venerables Maestros de Cofradías, Prohombres- Generales, Súper Numerarios. Callaron como cañadas mustias siendo elocuentes ecos del magnánimo anuncio.
 
Las ejecuciones quedaron suspendidas por orden del Indultista hasta nuevo aviso, al tiempo que las cabezas sanguinolentas fueron colocadas en palos encebados en la Plaza Mayor, junto a ellas sanduches de pernil y dólares. Los lugareños se divertían subiendo sobre las estacas grasientas. Bandas de pueblo entonaban el estribillo: Reino tierra divina de honor y de hidalguía. Los mosquitos picoteaban los cráneos sin vida después los perniles muertos.
 
Los juglares gente sensible corrieron por villorrios y anejos con la mala nueva. Espetaban:
 
El verdugo en la plaza Mayor
Cabezas cortó
Los deseos del Soberano
El verdugo
Cumplió….
 
Las madres de los réprobos lloraban de rodillas en plazas y calzadas. Sus lagrimas tejían un manto de dolor sobre la ciudad.Clamaban clemencia, indulto para sus hijos. El crimen que el Monarca imputó a los simirucos fue de protesta en su contra, apostasía constitucional. Los únicos autorizados para interpretar los sagrados textos del libro Verde en su Reino eran sus jueces. La pena prevista por el Rey para esos casos. Decapitación a la luz del día.
 
Los simirucos del reino no eran los únicos indulgentes sino otros que otrora habían recibido condena por pedir justicia- El Indultista llenándose de ella perdonó a quienes ante él se arrodillaban.
 
El volumen de perdones y penitentencias que otorgó el monarca fue de tal magnitud que hubo de emitir un decreto real que dice así:
 
Yo……….. Súbdito del Reinado de Raficópolis  y de mi Bondadoso Rey. Declaro bajo juramento ser culpable del delito de…………….De rodillas te imploro clemencia y de ti solicito divino perdón.
 
Yo el Rey Bondadoso te perdono. Advirtiéndote que de reincidir en resabios contra mi a la Hoguera con tus huesos y carnes irás a dar.
 
Pablo Guerrero Martínez
4 de septiembre-2014
Praga desde el exilio.
 
 
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