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by • February 11, 2014 • RelatoComments (0)546

El Espabilado Vago

El Espabilado Vago

Los exámenes del segundo trimestre habían terminado el Colegio Marcel Proust regresaba a la normalidad; las neuronas de sus alumnos quedaron electrocutadas; el espabiladito  para evitar la presión académica   ideo  un  método para estudiar, se tendía desnudo luego de la habitual ducha vespertina  sobre su cama  – repetía y repetía –  nombres de   países africanos que el profe de geografía  obligaba saber de memoria, luego las fechas históricas, también descubría como su cuerpo cambiaba de niño a varón , podía detenerse por largos  minutos a mirar cuantos bellos le habían crecido en el pecho, en un inicio los contaba incluso les daba nombres, con el tiempo resultó imposible, su torso y algo más habría de cubrirse  de vellosidad , no era un gran estudiante le parecía vulgar serlo sin embargo prestaba atención a las referencias que sus profesores hacían : “ Que nada de lo humano te sea ajeno “  era su favorita.

Las caras de sus siete amigos  por añadidura compañeros del colegio  luego de las duras pruebas trimestrales habían perdido su  juvenil  brillo; sobre todo la de  Matías cuyas mejillas rojas y rollizas estaban  mustias. Matías tuvo un rostro que se prestó para mil apodos, el más duradero:” chiva vieja”  de su quijada angulosa colgaban barbas famélicas, sus cejas hirsutas no contrastaban con sus buenas maneras, sus orejas sobrepasaban su cabeza, era un milagro de la naturaleza, su padre que la tierra le sea liviana lo engendró cuando tenía noventa y siete años, fue el último conchito del anciano.

 Matías que te pasa le preguntó el Espabilado cuyo mote era él Chuchas, como ya lo saben- no porque su rostro tuviese  facha de vagina sino porque Juan se portaba como un chuchas – El  Chiva Vieja contestó al  Chuchas mi cerebro está fundido, las pruebas de Algebra lo dejaron exhausto, no eres el único prosiguió él Chuchas lo mismo le pasa al: Samuel, Lorenzo, Rodrigo, Leopoldo y  al José Elías.

El Espabilado se hallaba preocupado la cabeza le daba vueltas necesitaba hallar una buena solución para devolver la frescura a la expresión mohína  de sus amigos,  se le encendió el foco que buena idea se dijo, ¡! esa es esa esa es!! volvió a decir: ¿Esa es qué? Balbució Chiva Vieja- necesitamos un masaje para las neuronas, debemos reprogramarnos  hacernos una limpia, tantas cosas  con que los profes nos  embuten   no es sano, esa es concluyó él Chiva Vieja mientras sus pálidas mejillas recobraban  de a poco su color natural y las orejas se le veían aún  más grandes.

El sábado siguiente habría de ser el día en el cual los jóvenes del Marcel Proust emprendieron  su expedición para reencontrar su felicidad, extirpada por los exámenes trimestrales; su destino descender al   cráter de un volcán: apagado, andino,  cuyas entrañas  se abrían como  paño verde de una mesa de billar  plana,  donde emergía además  un valle sagrado, poblado por almas bucólicas y sembrado por hongos mágicos.

Nuestros amigos dejaron sus coches ladeados a la vera del camino  al filo del  paramo, no podían avistar el valle, una niebla  coagulada  ascendía  cobijando la montaña, era tan espesa que aun estando uno al lado de otro impedía verse; allí los esperaba el Shaman un indígena viejo de piel seca, recia, del color de la tierra mojada  que  contrastaba con la blancura de la bruma marmórea.

Cundemaita el indígena  los guiaría hacia la parte más hendida del valle su tono de voz taciturno grave y melancólico infundía  respeto, se conocía los caminos y  chaparros como la palma de su mano, a cada paso explicaba que el cráter estaba vivo, que para conectarse con él debían guardar  silencio, el bullicio menguaba conforme los chicos  bajaban al cráter.

Chiva Vieja refunfuñante  refunfuñaba  –  a que rato nos  va a dar el masaje para las neuronas –  Cundemaita  una vez llegados al corazón del cráter sin inmutar su ánimo con voz señera exclamó: señalando con su dedo índice hacia el pasto fresco (donde habían brotado miles de callampas de todo tipo y color) cuidado con las rojas solo deben cosechar las más oscuras y quebrar sus tallos para ver si el aceite mágico que destilan de sus ranuras es café tendiendo a negro.

Los colegiales se lanzaron campo a través llenos de felicidad a recolectar zetas;  la atmosfera no era para menos  sacaron de sus mochilas sabanas blancas en ellas  dejaron  caer los hongos cientos de ellos; Cundemaita los clasificó con la ayuda del Espabilado que ya había recorrido esos lares y esos menesteres, con ramas secas prendieron fuego sobre una rejilla plomiza apoyada sobre piedras de canto rodado , colocaron encima de los alambres una olla enorme  dentro de la cual introdujeron las callampas, las dejaron  hervir por tres horas  a fuego lento, mientras escuchaban transidos  las advertencias de Cundemaita el sabio del cráter que con el transcurso de las horas adoptó una expresión horriblemente impasible .

Las admoniciones que salían  de la boca de Cundemaita que fue el primero en beber la infusión de callampas lejos de infundir miedo inoculaba curiosidad, si comienzan a ver cosas que nunca antes vieron déjenlas estar repetía, si son hermosas como las flores y se transforman en víboras no se asusten que son sus propios demonios decía;  uno a uno fueron tomando de un pilche de barro tosco  pintado  con motivos  andinos la agüita hervida  de callampa, la última sugerencia no la pudo decir Cundemaita entro en trance , babeaba  por las comisuras de su boca, destilaba una espuma del color violeta; ya nos jodimos espetó él Chiva Vieja, ya nos jodimos volvió a decir- Chuchas exclamó tranquis tranquis así mismo es, luego todos fueron adoptando posturas extrañas como si por dentro estuviesen viendo la mejor peli de ciencia ficción.

El masaje neuronal había sido un éxito los chicos recobraron su sonrisas;  de regreso a clases el lunes Juan   él Chuchas se introdujo  calladito  a la sala de profesores, vacio el agua de la cafetera e introdujo en ella la infusión de hongos que había guardado en su termo el fin de semana, los profesores bebieron copiosamente café con  hervido de callampa, al cabo de unas horas sus rostros severos fueron diluyéndose el profesor  de Algebra le dio por rebuznar al de física por graznar al de literatura por reír.

Pablo Guerrero Martínez.

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