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by • February 22, 2014 • RelatoComments (0)571

El Espabilado en el SIC.

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El Espabilado en el SIC.

La ropa apestaba  a cinco días de cárcel Juan el Espabilado  al llegar a  casa se despojó  del pantalón luego se quitó la  camisa  lo propio  haría con el jersey y lo demás , quedó desnudo en pelotas,  despacito roció gasolina verdosa sobre las prendas  que ladeadas se hallaban en una esquina del patio, después arrojó tres fósforos prendidos cuyas cabecitas  rojas  y chispeantes chocaron con el nailon de la americana , el jardín habría de convertirse en testigo ocular de llamas cuyas lenguas de fuego abrasivas  consumían  las fibras  – que inflamadas chirriantes  y sonoras  maldecían  haber dormido  tras barrotes- el humo ascendía al cielo  en espirales  confundiéndose con  nubes  fofas e idiotas ;  el Espabilado   cinco días antes había caído preso no  mató a nadie sin embargo pudo haber muerto, en el penal un estafador de ojos profundos y sonrisa convincente  le aconsejó calcinar los vestidos con los cuales había perdido la libertad para no volver a pisar una celda.

 Al Espabilado  le faltaba poco para  recibirse de bachiller creía estar enamorado, todo amor es una  creencia y todo enamorado cree: alegre o penosamente cree. El cuerpo del Espabilado había cambiado el último año, su pubertad había quedado aplazada  por una barba azulada y  recia que afeitaba a diario, sus músculos flacuchentos  se habían definido sin ser enormes eran grandes, su voz infantil y melosa  cambio  a  grave y profunda, por primera vez en su vida tomaba conciencia de estar bien presentado, sin embargo  su indiferencia sincera  por no emperifollarse  primaba, Clementina su enamorada  era una diabla con cara de ángel y cuerpo de lujuria,  sus pantorrillas torneadas encandilaban la mirada lascivamente morena del Espabilado  que la desnudaba pecando de pensamiento y obra , cada jueves por la tarde después del cole religiosamente se encerraban en el dormitorio de Juan  para fornicar, sus cuerpos jóvenes eran flexibles parecían gimnosofistas, la extenuación y a veces los sincopes les sobrevenía luego de largas horas de hallarse sobre sabanas , prodigándose caricias y lamiéndose  como gata y gato .

Clementina vivía cerca de la casa del Espabilado  en  un edificio espantosamente blanco,   arquitectónicamente dictatorial , militársete,  su cuarto estaba en el ático de cara hacia  la calle, el balcón contiguo a su dormitorio se hallaba antecedido de un ventanal delante del cual a su vez había un alfeizar enorme permitía que  gatos y mirlos pernocten, a los mancebos amantes no les bastaba los jueves para deleite de sus cuerpos, la carne es joven y el deseo inmenso solían decir, añadían entre sabanas que el diablo empuja, por ello decidieron darse una clave secreta para que él Espabilado  trepase por el muro y luego escale  por dos pilastras paralelas  hacia el balcón de su amada, que no había cumplido dieciocho   y cohabitaba con sus padres bajo el mismo alero.

La clave que los jóvenes amantes inventaron no era del otro mundo sino de este;  Clementina una vez que sus padres  se entregaban al sueño encendía una lamparita de seis bombillos detrás de la cortina de la ventana de su balcón, cuyas motas de luz se colaban discretas por las porosidades de los visillos, dejando así  caer claroscuros sobre el alfeizar sobre el cual piaban jilgueros y maullaban gatos anunciando la llegado del Espabilado.

Juan el Espabilado se convirtió en un experto para franquear el muro del edificio y ascender lleno de excitación al balcón de su amada, una y otra vez subió por las pilastras hasta el postigo del ventanal, lo traspasó   decenas de veces hasta al fin llegar al cuerpo de Clementina y hacerla suya, cuando los gallos cantaban grandilocuentes de madrugada y la noche era consumida con los rayos del sol Juan abandonaba el lecho amatorio para desandar  por las pilastras y correr a su casa como si nada hubiese ocurrido.

El Espabilado el último sábado de agosto de 1984 luego de haber ido de copas y libado copiosamente con sus amigos hubo de regresar a su casa, debía inevitablemente pasar por frente al edificio absurdamente blanco y dictatorial  de Clementina, su amante y vecina, enarcó sus pobladas  cejas  con sus ojos contempló henchido de lívido  que sobre la cornisa del balcón  aterrizaban gotitas de luz conforme a la clave que tiempo atrás habían planeado con la diabla, miro su reloj de leontina heredado de su tío abuelo que daban las dos de la madrugada, respiró profundo para sacar la borrachera con sus manos se acomodó su melena y:- se dijo la Clementina me está esperando; subió por las pilastras ciego de amor, empero en lugar de llegar al balcón de su amada entro al balcón del vecino de su amada,  quien lo ha confundido con un ladrón sin dar tiempo de aclaraciones lo apuntó con un revolver mientras su mujer  adelantaba la llamada a la policía, quienes como nunca llegaron raudos para arrestar al pobre espabilado, a quien lo esposaron y de bruces lo arrojaron desde el balcón hacia la dura y fría vereda, cayó aparatosamente, de milagro no perdió  sus dientes Clementina dormía como un lirón.

El cuerpo maltrecho del Espabilado quedó derramado sobre el suelo, hasta que un brutal puntapié de un sargento propinado directo en sus costillas le sacó el poco aire que sus pulmones guardaban, lo introdujeron en la patrulla cuyas sirenas ululaban neuróticas a un tiempo que el coche de los gendarmes se dirigía veloz en la madrugada de Quito hacia  el tenebroso SICP: Servicio de Investigación  Criminal de Pichincha.

El cóndor del cuadro del escudo del Ecuador estaba colocado en lo alto de una pared verrugosa  y maloliente de la oficina de investigación criminal, el Espabilado no era él único a quien habían obligado acuclillarse éste sacando el cuello, pese a estar esposado solicitó hacer una llamada telefónica, como había visto en las pelis de Miami Vice,  antes de terminar la petición otro sargento rechoncho , robusto le propinó un terrible  trompón en el ojo derecho dejándolo  morado  por quince días, lo redujeron luego a un calabozo con siniestros personajes del hampa, donde contaba las horas para que amanezca.

El patio absurdo y cruel  del cuartel del SICP en las primeras horas de la mañana se llenó de policías ventrudos con dientes de oro y cascos en sus cabezas, de las celdas brotaban decenas de delincuentes a quienes con una manguera llena de arena la tropa asestaba  golpes en sus posaderas, los hacían formar en columnas para que prorrumpan de uno en uno la razón de su presencia, un sub oficial de bigote cerdoso y ralo  a voz en cuello  preguntaba:

¿Por qué estás aquí? De uno en uno contestaban: Por punga- Por abigeo- Por lanza- Por estruche- Por muerte- Por Violación, Por narco tráfico; al llegar el turno de nuestro amigo el Espabilado esta ya liberado de las esposas sacando el cuello y mirando a todos por sobre el hombro prorrumpió: “ Estimados caballeros estoy aquí por amor”  

Pablo Guerrero Martínez.

Praga 22 de febrero-2014

 

 

 

 

 

 

 

 

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