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by • July 20, 2014 • RelatoComments (0)1109

Ecos

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La finca tuvo de verdad una forma extraña, no espantosa. La circundaban tres quebradas, hacia la derecha cerca de casa por detrás del seto de cipreses las sombras de las ramas, en noches de plenilunio adoptaban figuras como humanas y, se colaban cual espectros por las ventanas, cuando estaban dentro de casa, las maderas del entablado con el peso oscurísimo de sus sombras crujían. Sabía que estaban dentro de casa, pues los aromas verdes del ciprés se metían despiadados por las ternillas de mi nariz y me despertaban. Esta cañada conforme avanzaba hacia el norte se hendía aún más en le tierra. La otra quebrada, del otro lado  era más grande, en el filo de ella como cuidándola cientos de eucaliptos provectos emergían enhiestos de la tierra, sus raíces brotaban del suelo como venas hinchadas. El viento chocaba en las ramas de los eucaliptos. Despidiendo los tallos tiernos sobre la atmosfera que, después caían aleves sobre las tejas de barro del techo. Las dos cañadas al final se encontraban, dando al terreno forma de triangulo. En el vértice las quebradas se besaban y un socavón las unía de por vida.
Eliodoro y Francisca nuestros padres nos permitían explorar la quebrada pequeña que, como conocen se hallaba más cerca de casa, empero teníamos terminantemente prohibido acercarnos al filo del socavón, donde las dos quebradas se habían besado de por vida, no obstante llevados por la curiosidad, junto con mis tres hermanos, un día de agosto decidimos desobedecer y, aproximarnos al socavón. Primero vimos que la oquedad era amable sabía hablar. Repetía nuestras palabras que prorrumpíamos de nuestras bocas al viento. No olvidaré nunca mi primera relación con el eco del socavón. Gastamos horas de horas combinando nuestras palabras, para gritarlas al unisonó y confundir al eco. Éste nunca se equivocó siempre fue amable y contestó, hasta que conducidos por el mayor de los hermanos decidimos arrojarle piedras al socavón. La quebrada no contestó. Se puso de mal humor. Me asusté. Camilo mi hermano mayor no se atribuló y espetó: “Julián arrojamos las piedras al socavón para saber cuan hondo es por ello una vez que tiramos la piedras contamos para ver cuánto se demoran en caer… ”

Uno a uno fuimos lanzando piedras al eco, todas llegaban al suelo, salvo las piedras que yo arrojé.

La preocupación que mis piedras no hacían fondo me azoró por varios años, por ello una vez llegada mi pubertad y bien entrada esta decidí bajar por ellas. Las conocía muy bien porque me demoraba en escogerlas previo a lanzarlas. Me hice de un cabo grueso, me calce botas de andinistas y, descendí hacia el cañón. Por tres horas descendí, al llegar al fondo encontré mies piedras flotando en el aire, a un metro de la superficie. Giraban en torno a una órbita, las de mis hermanos yacían ladeadas y mustias hacia un costado. Pasé mi mano por debajo de las piedras que levitaban y, la voz del eco me dijo: ¿Quieres saber porque tus piedras flotan? Contesté sí. Por favor: ¿quiero saber porque mis piedras flotan? El Eco prosiguió porque mi voz es tu voz….
Pablo Guerrero Martínez
20 de julio-2014

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