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by • February 16, 2014 • RelatoComments (0)186

El Hipnotista

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Luego de que  cuente hasta siete podrás despertar al terminar el número seis Severo  invirtió  la decisión  su  voz temperada   musitó: cinco, cuatro, tres  dos… Elena continuaba así  tendida en el fondo   del diván dormida   indefensa,    su pasado y  vidas pasadas  como pelis  en blanco y negro  manaban a su cabeza, las imágenes le hacían llorar hasta la alferecía reír hasta el paroxismo. Severo fue iniciado hipnotista en la Escuela Mentalistas: “Wundt” en Roma allá por la primavera de 1984, su copiosa cabellera canosa era higiénicamente descuidada, la mirada de sus ojos negros  penetraban las personalidades  más robustas, sus dedos largos y huesudos se  movían  al mismo ritmo que las palabras brotaban de su boca. Nunca pudo haber tomado mejor decisión en toda  su  vida que instalar el laboratorio de hipnotismo  en Quito,  le dio  un   nombre liviano que  atrajo  a cientos de curiosos: “Recordar es vivir “ debajo del anuncio que publicó en los periódicos  en letras góticas se leía  :” Dr. Severo Vidaillac  Mentalista” .

La oscuridad del laboratorio eran de espanto ni la menor gota de luz se colaba por las ventanas que se hallaban aplazadas con cortinas  de paño negro, también  unas lánguidas  notas de piano taciturnas embriagaban el ambiente. Severo recibía a sus pacientes vestido de blanco con una túnica que cubría toda su humanidad desde el cuello hasta el suelo, sobre su pecho llevaba algo  como una cruz con una rosa roja en el centro, solía decir a sus aprendices que de la primera salutación dependía el hipnotismo, recomendaba clavar la mirada fija entre las cejas de los visitantes para medir el grado de asequibilidad de los hipnotizables, luego aconsejaba  prorrumpir internamente  palabras sagradas y rozar sus manos con energía.

Policarpa García viuda de Pérez había llegado tarde a su tercera sesión de hipnotismo sin embargo de sus cincuenta y seis años conservaba su cuerpo firme, arrugas pocas y contadas jamás puedo borrar de sus labios la picardía de ánimo que le acompañaron hasta el final de sus días, gustaba  ir a hipnotismo como si se tratase de  clases de jardinería; se había enamorado de Severo  quien no sospechaba el sentimiento que acusaba  el cuerpo turgente y urgido   de Policarpa.

Tus parpados están pesados muy pesados duerme duerme repetía pausado Severo a un tiempo que Policarpa entraba en trance ¿Qué vez? Preguntó el hipnotista la viuda  replico: Me veo frente al espejo me ausculto me desprendo de la blusa contemplo mi corpiño de encaje mi ombligo mis bellos púbicos  mis muslos veo- luego de que cuente hasta siete podrás despertar espetó Severo pero como de costumbre musitó: seis –cinco-cuatro-tres y Policarpa transida empezó a llorar a mares mientras maldecía haber amado a su esposo del cual había enviudado, muere maldito muere decía Doña Policarpa mientras sus manos macilentas se lanzaron furiosas  al cuello del hipnotista lo ahorcó  su boca esbozaba una sonrisa macabra. Severo  proclamó  palabras en lengua muerta:” excitat risus”  la señora García bajaba sus manos y quedaba atrapada en un sueño profundo sobre el diván de cuero café que la acogía en su seno.

La recomendación y el chisme son las instituciones sociales más marcadas de  Quito comentaba Severo a sus aprendices que sin pestañar lo oían, de no ser  por ellas este laboratorio de hipnotismo: “Recordar es vivir” habría fracasado concluía así su habitual discurso  de inicio de semana. Policarpa recomendó la terapia  hipnótica a su agente de seguros Sebastián Andrade un ejecutivo especialista en siniestros- atípicos- un marchante   atildado, su pelo siempre estaba engominado, vestía  traje y era capaz de asegurar lo inimaginable como: accidentes astrales por  caída de asteroides de otras galaxias con cobertura para terceros.

La primera ocasión que el agente de seguros recomendado de Policarpa llegó al laboratorio hipnótico llevaba  cara de angustia como si hubiese matado un cristiano, luego de que cuente hasta siete podrás despertar al terminar el número seis Severo cambio la decisión su voz envolvente  acurrucaba y se filtraba por cada poro de los oídos de Sebastián musito bajito : cinco, cuatro, tres  dos…Andrade despojado de su corbata se hundía cuan largo era en el diván; lo mató lo mató Policarpa lo asesinó y yo pague el seguro aun sabiendo el crimen, mi comisión la deposité en el banco del Pacifico   su cara transfigurada revelaba  la mueca del cinismo, oscilaba en sus labios una sonrisa sardónica y sus ojos tenían el signo de dólares como un holograma de tres dimensiones. Sebastián sin poder escapar del trance al cual le había conducido el hipnotista mascullaba soy cómplice de un crimen.

El Dr. Augusto Cevallos Juez Cuarto de lo Penal de Quito  habría de llegar al laboratorio hipnótico  por sugerencia de Sebastián Andrade el agente de seguros, su señoría Cevallos era poquita cosa , menudo , escuálido sus trajes de casimir barato le quedaban enormes, se perdía dentro de ellos, sus uñas eran largas y sucias no obstante las  manicuras que se realizaba –luego de que cuente hasta siete podrás despertar al llegar al número seis Severo alteró el orden: cinco, cuatro, tres   dijo con voz modulada y pausada:  Augusto sobre el sofá tupido  le dio por sonreír luego reír a carcajada limpia; espetó: yo se que la vieja Policarpa lo mató,  Pérez el chulquero agiotista no se suicidó , las huellas en el cuello no eran de soga alguna fueron las garras de su esposa, pobre viejo tenía noventa años no podía defenderse  cuando Policarpa lo mató. El hipnotista le preguntó: ¿Y porque no has condenado a la culpable? El juececito contestó mas dormido que despierto- Sebastián me convenció  llegué a esa conclusión luego de ser cohechado, después de tan duras palabras el hombre de “Derecho” quedo  como un montoncito de inmoralidad regado   sobre el diván.

Severo el mentalista en  menos de quince días hubo de enterarse de un crimen, algunos de sus detalles y responsables, como nunca antes sintió conflicto de conciencia  asumía ser  cómplice, dudaba sobre si alertar a la policía u observar silencio sepulcral,  luego de que cuenta hasta siete podrás despertar seis cinco cuatro tres dos duerme  duerme solo es un sueño cómplice.

Pablo Guerrero Martínez

Praga 16 de febrero 2014

 

 

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